La mayor epidemia vírica de la historia está sobre nosotros; es hora de que los potenciales afectados hagamos algo.
En esos momentos millones de ordenadores en todo el mundo están dedicados a reproducir un programa extraño, inundar Internet de copias de ese programa y esperar, al día 1 de febrero para lanzar un ataque contra la página web de la empresa SCO, y a las órdenes de sus nuevos amos. MyDoom, también llamado Novarg y Mimail-R, se reenvía a todas las direcciones presentes en la agenda; abre una 'puerta trasera' para permitir el control remoto del ordenador y prepara la máquina para enviar un ataque contra la empresa estadounidense SCO. Casi uno de cada cinco correos que circulan hoy por la Red contienen la plaga.
Y la culpa, al menos en parte, es nuestra.
En el sXIV una epidemia se extendió por toda Europa como un reguero de pólvora dejado países despoblados y un desequilibrio demográfico del que el continente tardó siglos en recuperarse. Se llamó la Peste Negra, se piensa que era una variante muy virulenta de la bacteria Yersinia pestis y que su contagio se debía a las pulgas, que actuaban de vector entre las ratas y los seres humanos. Los europeos medievales no tenían ninguna posibilidad: la cepa era nueva (sus sistemas inmunológicos no estaban preparados) y lo ignoraban todo sobre los mecanismos de contagio (no tomaban precauciones contra las pulgas).
Hoy una epidemia así es inconcebible. No tanto por los progresos en el arte de la medicina, sino por que nuestra vida es mucho más higiénica que en el sXIV. Ya no hay pulgas, ni ratas, a nuestro alrededor. Nos lavamos las manos, y evitamos tocar según que cosas. Perseguimos a los insectos, bebemos agua no contaminada, nuestras ropas están limpias. Todo un sistema higiénico se ha desarrollado, de la mano de nuestros conocimientos sobre la infección, para dificultar que las enfermedades se propaguen.
Pero en Internet nos comportamos como europeos del sXIV. Con la irresponsabilidad de la ignorancia utilizamos sistemas operativos y programas que tienen fallos de seguridad, y no los parcheamos. No instalamos antivirus; ¿para qué? Y si los tenemos, no están al día. Para colmo, utilizamos alegremente los ficheros adjuntos (la única vía de infección) y abrimos los que nos llegan con desenfreno y sin asco.
Abrir un fichero adjunto ejecutable es como acariciar a una rata de alcantarilla. Puede ser que no le ocurra nada. Pero n lo haría, ¿a que no?
Debemos empezar a tomar precauciones en el mundo digital equivalentes a las que tomamos en el mundo analógico. Comportarnos con higiene; desconfiar de las cosas sospechosas (como adjuntos), lavarse asiduamente (con antivirus y parches), promover la diversidad (con Linux Macs y Unix), presionar a los fabricantes para que de verdad hagan más seguros sus productos...
Y nunca, jamás, abrir un fichero ejecutable que llega por correo a no ser que conozcamos íntimamente a quien lo envía y confiemos en esa persona plenamente. Incluso así... con mucho cuidado.
Porque la medicina sola no acaba con las plagas. Hace falta que la sociedad practique la higiene. Incluso en la Red.
Direcciones útiles para la higiene en Red
Lo primero que hay que hacer para mantenerse 'sano' en la Red es tener un sistema operativo poco vulnerable a virus (cualquiera de Mac, Linux) o bien mantener estrictamente al día Windows. Para eso conviene visitar de cuando en cuanto Windows Update, en especial cada vez que hay una plaga; muchas veces las vulnerabilidades que usan los virus o gusanos disponen de parche, pero no lo tenemos instalado. Puede pensarse en sustituir algunos programas de Microsoft por equivalentes 'Open Source', normalmente más seguros, como Mozilla Firebird (navegador) o Thunderbird (correo electrónico). Esto no sólo nos hace más resistentes a nosotros, sino que además crea 'cortafuegos' en la Red. Disponer de algún antivirus comercial (puesto al día; si no es inútil) siempre es una buena idea. Y la consulta al Centro de Alerta Antivirus en caso de duda, también. Pero lo mejor de todo es evitar toda posibilidad de contagio no abriendo ficheros adjuntos. Manteniendo una sana e higiénica desconfianza.
- Centro de Alerta Antivirus
- Panda Software
- Windows Update
- Mozilla
El presidente de la BBC ha dimitido a causa del Informe Hutton, seguido del Director General; ambos directivos se han dejado caer sobre sus espadas, al estilo de los generales romanos derrotados. La cadena televisiva pública británica ha recibido un severo varapalo, su prestigio ha quedado hecho jirones, y el Gobierno Blair ha sido judicialmente reivindicado.
Es un buen día para el periodismo.
Y es un día funesto para la democracia, y un mal presagio para el resto de los países del Trío de las Azores. Incluyendo España.
En Washington se hace una guerra en el nombre de unas conexiones terroristas y de unas armas de destrucción masiva que jamás existieron. Y si alguien se pone demasiado farruco, se hace pública la identidad de su esposa, agente de la CIA. Y no pasa nada. En Londres se avergüenza, abronca públicamente y desgracia a una cadena televisiva por afirmar que el gobierno Blair 'maquilló' sus afirmaciones sobre la capacidad iraquí de atacar con armas químicas en 45 minutos. No en 45 minutos; ni siquiera en 45 meses hubiese podido usar las armas Sadam Hussein. Ah, y publicar el nombre de la fuente del periodista, sin autorización de éste ni de la propia fuente, con la participación directa de Tony Blair, nada tiene de malo aunque la fuente se suicide. Y todo está bien.
Así que ¿posible filtración de informes del servicio secreto para atacar a dirigentes de la oposición? Eso no es nada, una futesa, una tontería. Costumbres que se adquieren al ir con malas compañías.
Lo que el Informe Hutton demuestra es que todo da lo mismo. Es igual mentir, exagerar, utilizar fraudulentamente datos gubernamentales, filtrar sin compasión ni medida... todo vale, todo se puede hacer porque todo da lo mismo. Con una buena campaña de prensa, el control de un bloque sustancial de medios que agreda e insulte a los otros por razones político/económicas, algún que otro ataque por debajo del cinturón, la simpatía del árbitro y la garantía (absoluta) de que Nadie es Perfecto, hay garantía total de que se cubrirá un tupido velo; se absolverá cualquier pecado; se borrará hasta lo más evidente. Para que no pase nada, nunca.
Hay cosas que no dejan de ser ciertas porque las niegue un juez.
Un medio informativo (público, además) ha sido castigado por decir la verdad. ¿Qué esperanza nos queda en España, donde nos asombrábamos porque se premiaba la mentira? ¿Qué esperanza queda en la democracia representativa si los medios pueden ser no ya comprados, no ya presionados, no ya manipulados para mentir; sino directamente castigados por decir la verdad?
En el nombre de la verdadera democracia vamos a tener que insonorizarnos. Separarnos de los medios que estén más o menos a su alcance. Crear estructuras paralelas que suplan con redundancia sus carencias de estabilidad. Informarnos de Boca a Oreja.
Porque en el contubernio de la política y los medios ya no queda una pizca de vergüenza, propia ni ajena.
Los tres principales periódicos generalistas españoles lanzan entre ellos dos enciclopedias, una colección de biografías y otra de libros de aventuras; los dos principales diarios deportivos regalan sudaderas o 'home cinemas'... ¿A qué está jugando este sector?
¿A suicidarse, quizá?
Todo empezó con el parchís de los Simpsons y el patinete atómico de La Razón, allá cuando nadie daba tres céntimos de euro por el invento de Maese Anson. Lo cierto es que fuese o no debido a las promociones suicidas (el rumor constante habla de pérdidas multimillonarias), La Razón parece haber cuajado en el paisaje. El año pasado se desató una verdadera guerra de promociones, que este enero del año del señor 2004 está alcanzando proporciones absurdas: 'home cinemas' con exceso de éxito, quioscos saturados de tomos de dos enciclopedias (en un mundo donde existe Google), un constante rastreo de nuevas colecciones literarias, cinematográficas o quincalleriles para arañar como sea la audiencia que uno es incapaz de conseguir con sus noticias...
Y mientras la audiencia sube (pero ¿a qué precio?), la publicidad baja y los diarios pierden el control de la agenda; mientras se ganan pírricas batallas en los quioscos, se producen verdaderas debacles en lo que Eva Domínguez de La Vanguardia llama 'El Negocio de la Influencia' (registro gratis).
Porque si la tirada de un diario depende de que adjunte una enciclopedia, o un 'home cinema'... ¿no sería mejor vender enciclopedias o 'home cinemas' directamente? Una promoción puntual puedo comprenderla, pero ¿es sano, o siquiera razonable, invertir en mantener la tirada a base de cada vez más regalos cada vez más caros?
Si la inversión se concentra (como está sucediendo) en comprar audiencia, no se invierte en el negocio principal (obtener, procesar y distribuir información). La calidad del producto baja. Además, el control de la empresa pasa a la rama de los gerentes, honorabilísimos personajes de importante misión pero que tienden a ver el mundo en términos de promociones de marketing; porque eso sí lo entienden. De modo que cuando hay que recortar, se recorta en la redacción, o en Internet. Lo cual agrava el problema inicial, puesto que no importa lo que digan los ejecutivos periodísticos, la gente no es idiota y sí se da cuanta cuando la calidad de un medio disminuye.
Imaginemos a Central Lechera Asturiana. Para aumentar sus ventas regala un coche de juguete con cada cartón de leche. La promoción es un éxito, su competencia responde, y pronto el mercado lechero está inundado de coches de juguete. Las empresas lacteas descubren que ya no venden un cartón sin juguete; es más, la gente toma el juguete y tira la leche. Central Lechera Asturiana, para financiar las promociones, vende sus vacas... y se transforma en Central Juguetera Asturiana. Acto seguido es expulsada del mercado por los jugueteros valencianos, especializados en ese mercado.
El marketing es un negocio muy serio. La venta de enciclopedias me parece respetabilísima. Los 'home cinema' en cómodos plazos parecen ser un negocio seguro. Es solo que no es mi negocio. Mi negocio es la información.
En mi negocio se debería invertir en mejorar el producto haciendo más y mejores historias, buscando más y mejores noticias, y seleccionando y explicando más y mejor la complejidad del mundo. Se debería considerar que cada lector es un tesoro, y que aunque no produzca ingresos directos los produce indirectos (al mejorar la 'capacidad de influencia' del medio). Se debería por tanto invertir seriamente en Internet. Se deberían buscar lectores nuevos entre las generaciones más jóvenes, las mejor educadas de la historia de España (pero que apenas leen prensa).
¿A qué estamos, a setas o a rolex?
El intercambio de música en la Red cae en picado; luego es posible vencer la ciberpiratería con la ley. Lo malo es que la realidad es muy otra...
El Pew Internet & American Life es un reputado proyecto de investigación a largo plazo sobre el impacto de la Red en la sociedad estadounidense. Sus datos, procedentes de numerosos sondeos a lo largo del tiempo, son analizados con atención. Sus números son respetados. El Proyecto Pew, en suma, es considerado en Internet como serio y cabal.
Y, sin embargo, mete la pata.
Su últimos datos, del pasado diciembre, informaban de una severa reducción en el número de estadounidenses que se 'bajan' música de la Red mediante programas de intercambio (los llamados 'peer to peer', entre colegas, o P2P). En concreto el informe Pew indicaba que los usuarios P2P, considerados por la industria fonográfica como 'piratas', se habían reducido a la mitad. De 35 millones de ciberpiratas se habría pasado a menos de 18 millones. Y todo gracias al vigoroso empleo de la ley.
En efecto, desde el pasado septiembre la patronal de la industria discográfica estadounidense (RIAA) lanzó una campaña legal dirigida a los usuarios de redes P2P. La RIAA ha lanzado en estos meses 1,500 requisitorias, sustanciadas en 382 pleitos que han acabado en 220 pactos por los cuales los demandados se han declarado culpables y abonado ciertas cantidades a la RIAA. No importa que algunas de las querellas estuviesen dirigidas a ancianos sin ordenador; todos cometemos errores. Ni tampoco que a mediados de diciembre un juez de apelación detuviese en la práctica la campaña legal, al declarar inválida la metodología. Tampoco importaría el coste en imagen pública de demandar a niñas pobres de 8 años. Si las cifras del Pew Project son correctas, la industria está ganando la guerra a la piratería.
Solo que no. Lo que demuestran las cifras es la muerte inminente de la industria discográfica.
El informe Pew sólo pregunta por los usuarios de cuatro de los más conocidos programas P2P (Kazaa, BearShare, Grokster y WinMX), cuyo número se ha reducido notablemente desde la campaña de pleitos de la RIAA. ¿Y cómo no va a ser así? Es en estas redes en las cuales se ha centrado la acción legal de las discográficas, de modo que los usuarios han decidido (lógicamente) huir de ellas. Pero esto no quiere decir que hayan dejado de bajar música.
¿Qué ha pasado con los usuarios de eDonkey, eMule, BitTorrent o Earthstation5? ¿Cómo ha afectado la campaña judicial al uso de Waste, una red imposible de penetrar legalmente? ¿Y al de Freenet? ¿Se ha tenido en cuenta el desmesurado crecimiento de iTunes y otras alternativas legales (y razonables) a la descarga de música?
Porque las cifras del Proyecto Pew pueden interpretarse de otra forma: como el principio del fin. Al igual que el aplastamiento legal de Napster tan sólo sirvió para que los usuarios se refugiasen en otros sistemas P2P, invulnerables a esa clase de ataque legal, atacar a los usuarios les está haciendo huir. Pero no dejan de utilizar las descargas de música; simplemente lo hacen de modo que no se les pueda pillar. Intentando evitar que la gente intercambie música la industria está consiguiendo que el intercambio de música sea cada vez más oculto y eficaz. Y que sus clientes estén cada vez más enfadados con ellos.
Los datos no mienten. Pero las interpretaciones sí. La industria no está ganando la guerra. Está sucumbiendo. Eso sí; muere matando.
Alternativas P2P a prueba de pleitos
Si lo que uno desea es absoluta seguridad, no hay nada como Waste, el último regalo de Justin Frankel (creador de Winamp y Gnutella). Waste permite crear pequeñas redes de ordenadores conocidos (redes privadas) dentro de Internet, y utiliza encriptación. Es complejo de usar, pero garantiza un alto nivel de protección. Freenet, obra de Ian Clarke, hace imposible cualquier tipo de censura (política o económica) distribuyendo la información encriptada entre miles de ordenadores; nadie sabe lo que hay dentro de su máquina, y por tanto no es responsable de ello. Además, cuanto más se intenta borrar un archivo, más copias se generan. BitTorrent es la solución perfecta para quienes desean obtener películas, juegos o discos completos; su arquitectura distribuida lo hacen muy rápido. Y respecto a inmunidad legal, pocas cosas como Earthstation5, un sistema P2P que afirma estar radicado en un campo de refugiados de Gaza... donde los policías y jueces estadounidenses no son especialmente bienvenidos.
- Waste
- Freenet
- BitTorrent
- Earthstation5