Siempre echando la culpa a lo nuevo
De juzgar por la prensa, hoy son los videojuegos violentos o los juegos de rol los que provocan que la gente se maten los unos a los otros. Antes era la televisión, o los cómics, o el cine. En tiempos de Cervantes eran las novelas de caballerías las que enloquecían a las personas de bien. Y a principios del siglo XX los perniciosos culpables de la violencia absurda eran los libros baratos (Dime novels, novelas de veinticinco centavos):
‘Novelas de calderilla provocan asesinato’, titula The Daily Mirror de Los Angeles el 5 de diciembre de 1909. Nos informa desde Cannelton (Indiana) de que el día anterior Claude Williams, un lector (se dice) de novelas baratas de 16 años, mató de un disparo a James Hall, de 13 años, para después eludir al sheriff y huir hacia Kentucky donde sigue oculto. Se peleó con la víctima por una tontería sin importancia. Por lo cual, se deduce del texto, sus hábitos lectores eran especialmente importantes para explicar su violento comportamiento. Porque la gente es buena por naturaleza y siempre debe haber una influencia maligna para explicar un crimen. O tal vez porque los periódicos han sido vagos y han desconfiado de las novedades desde siempre jamás.
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