Pánico a una muerte ridícula, 2: la venganza del saguaro
Las armas de fuego son herramientas demasiado peligrosas como para dejarlas en manos de irresponsables. De hecho, lo son incluso en manos responsables. Ésta es la razón de que la política estadounidense sobre las armas de fuego le parezca a todo el mundo bastante demencial: porque lo es. Dejar armas en manos de cualquiera que las quiera comprar (primer síntoma de peligro), incluso cuando ese alguien es un varón en plena adolescencia con el cerebro repleto de testosterona (ese poderoso tóxico neuronal) es una muy mala idea que sólo puede acabar mal. ¿Cómo de mal? Pues con un arma de fuego, letalmente mal. Incluso cuando la muerte es de justicia. Un reciente artículo de Snopes recuperaba un viejo mito sobre un par de descerebrados que deciden irse a pegar unos tiros con sus varias armas al desierto, con toda probabilidad tras unas cervezas. En el desierto nadie puede resultar herido, ¿cierto? Falso, como descubrió uno de lo intrépidos tiradores tras acribillar el tronco de un saguaro, uno de esos cactus gigantes del desierto de Sonora que llegan a alcanzar los 13 o 15 metros de altura. Los cactus no tienen un tronco como el de los árboles, pero sí que tienen espinas; de casi 10 centímetros, en el caso del saguaro. Imaginen lo que ocurrió: el cactus herido de muerte dejó caer una rama de metro y medio sobre el tirador, y lo clavó al suelo. Ocurrió realmente, en 1982, y la historia comprobada por Snopes no confirma si sucedió antes de que la víctima lograra reproducirse, eliminando así unos genes muy deletéreos del futuro de la especie humana. Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano… pero la estupidez armada es muy, muy peligrosa. Como para que te fíes de una ‘indefensa’ planta.
Archivado en Abominación, Mola, vidas