Sri Lanka: el final de la última ronda (pero habrá más)
Cuando hacia finales del verano los fieles cingaleses sacan en procesión en Kandy una muela de Buda en centenares de elefantes elaboradamente decorados y sus cánticos religiosos hacen eco en las colinas que rodean la ciudad, miles de tamiles escuchan la festividad religiosa budista. Kandy está en la altiplanicie central de la isla, donde los ingleses se empeñaron en plantar té, cacao, caucho y otras cosechas tropicales de altura que los cingaleses no estaban interesados en trabajar, al menos a los precios que los británicos querían pagar, así que es un centro de población tamil. Hace unos años, en el 2005, la gran Esala Perahera de Kandy estaba trufada de detectores de metales en plena calle, de cacheos y suspicacias; en 1998 un camión bomba había intentado destruir el Templo del Diente y matado a 13 personas inocentes; desde entonces la ciudad sufrió numerosos atentados y no pocas revueltas y atrocidades. La rabia contra los tamiles tras tres años de negociaciones y los conflictos sobre la ayuda internacional era palpable entre los cingaleses, que pedían mano dura y resistencia ante las demandas de los Tigres. Mientras, la población tamil (pobre, maltratada por el gobierno central, objeto de persecución y a veces de ataques terroristas de organizaciones ultracingalesas), permanecía ajena y no poco hostil. El ambiente mostraba claramente la irritación de la población mayoritaria con las negociaciones entonces en curso, y anticipó la victoria en las elecciones de noviembre de ese año de una candidatura menos dada a concesiones a las exigencias de los Tigres Tamiles. Las negociaciones se estancaron; los combates de baja intensidad se recrudecieron, y la vuelta a la guerra resultó inevitable.
Esa guerra reanudada se ha terminado al fin; los propios Tigres Tamiles han ofrecido un alto el fuego reconociendo la derrota. Un alto el fuego que justifican en las bajas civiles; ellos, que convirtieron la bomba suicida en su táctica más conocida. Claro que cuando los muertos son propios, la cosa cambia. Los Tigres y su sanguinario líder, Velupillai Prabhakaran, tuvieron una gran oportunidad de obtener una paz negociada cuando el Tsunami de 2004, que afectó gravemente a ambas comunidades. Ocurrido durante un precario alto el fuego iniciado en 2002 tras décadas de sangriento conflicto, esta oportunidad de paz se malogró, en parte por la intransigencia de los Tigres y en parte por tensiones sobre el reparto de la ayuda internacional tras la catástrofe. Pero cuando el conflicto armado se reanudó las tropas cingalesas consiguieron enfrentar a los Tigres con otras organizaciones guerrilleras tamiles y pasaron a la ofensiva, reduciendo progresivamente el territorio que los Tigres habían transformado en un microestado de facto hasta la derrota final. El sueño de una patria tamil en el norte de Sri Lanka se evapora, otra vez. Aunque el problema tamil no desaparecerá de la isla en el futuro previsible. Y no sólo por las cuestiones obvias del terrorismo residual que sin duda surgirá durante la recuperación de una guerra atroz. Sino porque los problemas que llevan existiendo más de 2.000 años no se resuelven así como así. No es la primera vez que los tamiles se hacen con el poder en Sri Lanka, o pedazos de ella; no es la primera vez que son expulsados militarmente. Lo que ya ha ocurrido, volverá a ocurrir.
La historia de Sri Lanka y la del pueblo Tamil están fusionadas desde su mismo origen; las referencias escritas más antiguas al término tamil proceden de la isla, entre los siglos III y I adC, lo que indica que ya había contactos. Sri Lanka está muy cerca del sur de la India, lo que hoy es el estado de Tamil Nadu, y el mar ente ambas zonas es somero; una ristra de islas permite recorrer el camino, e incluso hay quien sospecha que en el Estrecho de Palk se construyó un antiguo macropuente (el Puente de Rama, o de Adán) que en tiempos permitió recorrer andando los 30 kilómetros que hay de la isla al subcontinente. Los actuales cingaleses debieron llegar por aquí desde su hogar ancestral del norte de la India, cuando se instalaron hacia el siglo V adC desplazando a los Vedahs, los habitantes originales. La conversión al Budismo hacia el siglo IIII adC añadió un componente religioso a la enemistad entre cingaleses y tamiles, mayoritariamente hinduístas. Durante los dos milenios siguientes se produjeron invasiones y contrainvasiones entre lo que hoy es Tamil Nadu y Sri Lanka; cuando uno de los lados era poderoso y el otro débil había una guerra. Los cingaleses llegaron a invadir el reino tamil meridional de Pandya en el siglo IX; por su parte los tamiles gobernaron la isla completa durante los siglos X al XIII, bajo la gran dinastía Chola. Desde siempre entre los reinos cingaleses y tamiles hubo ataques, contraataques, traiciones, invasiones, participación en las guerras civiles del otro, alianzas con reinos escindidos o pactos de ayuda con enemigos, hasta que llegaron los europeos. El gran aumento de la población tamil en la isla se produjo en el siglo XIX, cuando los británicos que se habían hecho con Sri Lanka importaron grandes cantidades de trabajadores semiesclavos de Tamil Nadu para trabajar en las plantaciones de té del centro de la isla. Pero los tamiles llevan viviendo y participando en la política de Sri Lanka desde hace más de dos milenios. Y a pesar de la gran animosidad creada ente ambos pueblos por casi tres décadas de guerra salvaje, y sus numerosas víctimas, hay y seguirá habiendo tamiles en Sri Lanka. Si quieren acabar con un derramamiento de sangre que tiene más de 20 siglos, tendrán que aprender a convivir.
1 Junio 2009 a las 18:36
[...] de esta forma no sólo arrasaron las instituciones propias del país conquistado sino que enconaron una enemistad histórica preexistente entre ambos pueblos, desequilibraron demográficamente el país y dejaron como secuela un enfrentamiento étnico feroz. [...]