Sea usted el primero en cruzar el Pacífico…
No basta con las hazañas para hacerse famoso. No guardan proporción el tamaño de los logros con el prestigio y reconocimiento público que se obtiene por ellos. Es una realidad dura, pero fácil de comprobar en la Historia. Un ejemplo: el archiconocido Charles Lindbergh no fue el primer piloto en cruzar el atlántico en avión sin escalas en 1927. Ese honor corresponde a los casi desconocidos aviadores británicos Alcock y Brown, que lograron la hazaña en 1919, 8 años antes que Lindbergh. El estadounidense fue el primero en hacerlo en solitario, lo que acompañado del momento en el que logró su proeza (que lo era), en medio de la Gran Depresión, lo convirtió en una estrella. Los pobres Alcock y Brown están, sí, en las enciclopedias de la aviación, pero jamás salieron del ámbito de los récords desconocidos. Lo mismo que les pasó a otros dos pioneros que llevaron a cabo una hazaña todavía más importante, cuyo aniversario se conmemora hoy: el cruce del Pacífico en avión. Tal día como hoy en 1931 los estadounidenses Clyde Pangborn y Hugh Herndon Jr. realizaron un aterrizaje forzoso en un pueblo del estado de Washington, en el noroeste del país, a donde habían llegado en 41 horas de vuelo desde Japón. Para mejorar la aerodinámica y así gastar menos combustible, su Bellanca Skyrocket había sido modificado con un mecanismo para tirar al mar el tren de aterrizaje, pero el mecanismo falló; y Pangborn, antiguo piloto barnstormer que había durante años realizado acrobacias como andar por las alas de su biplano, salió en vuelo al exterior del avión para soltar el resto. Concluido el vuelo tuvieron que aterrizar sin tren, lo cual consiguieron con pocos daños para el aparato y saliendo del avión por sus propios medios; la medida eterna de un buen aterrizaje. El recorrido no volvió a hacerlo ningún avión, civil ni militar, hasta después de la Segunda Guerra mundial y la revolución que supuso para la tecnología aeronáutica; tal era el calibre de lo conseguido por Pangborn y Herndon, un vuelo mucho más largo que el cruce del Atlántico. Y sin embargo los conquistadores del Pacífico no recibieron ni fama ni fortuna; tan sólo el premio de 25.000 dólares que ofrecía un periódico japonés. Hoy en día no les conoce ni dios. Para que luego digan.
