Porque sólo alguien especial como Mohandas K. Gandhi es capaz de responder de esta manera a una carta que le preguntaba en 1925 por qué odiaba a los británicos. A esas alturas Gandhi se había criado en el régimen segregado de la Sudáfrica británica y conocido la situación en la India, y ya había sido condenado a prisión por luchar contra los modos del gobierno británico en las colonias. La respuesta, traducida abajo, la escribió justo al ser liberado tras cumplir dos años de una de sus condenas, a seis años de cárcel esta vez. Y merece la pena leerla, porque sólo puede salir de un alma grande, así como salió de una máquina de escribir sin duda pequeña y maltratada por los muchos años y la falta de pericia del transcriptor. Una joya que nos ofrece la verdadera fuerza de la que es capaz el ser humano. Y que la traducción sin duda desmerece.
148, Russa Road
Calcuta
26 de julio de 1925
Mi querido y joven amigo:
Me gusta su franca y sincera carta, que le agradezco.
Parece haber dado por sentado que odio a los británicos. ¿Qué le ha hecho pensar eso? Tengo cientos de amigos entre la gente de Gran Bretaña. No podría amar a los musulmanes ni a los hindúes si odiase a los británicos. Mi amor no es un asunto excluyente. Si odiase a los británicos hoy tendría que odiar a los mahometanos mañana y a los hindúes al día siguiente. Pero lo que yo detesto es el sistema de gobierno que los británicos han impuesto en mi país, que casi ha traído la ruina moral y económica a las gentes de la India. Sin embargo, así como amo a mi esposa y a mis hijos, a pesar de sus defectos, que son muchos, también amo a los británicos a pesar del mal sistema del que desafortunadamente se han hecho responsables. El amor ciego no es amor; el amor que cierra los ojos a los defectos de la persona amada es parcial, e incluso peligroso. Debe escribirme de nuevo si esta carta no le satisface.
Enormes fusiles de asalto y pistolones, muchos esbirros alcanzados, grandes salpicaduras (de pétalos en este caso) y un estilo general de cómic pasado de vueltas. Pero con flores, muchas flores; porque es como si Tarantino se hubiese pasado el Flower Power. Hilarante, y chorra.
Toda gran ciudad tiene sus secretos; rincones sórdidos, lugares donde se almacena aquello que no debe ser visto, vertederos donde deshacerse de la basura. La ciudad más atractiva, quizá, del planeta no es una excepción, y menos residiendo como lo hace en un país que se enorgullece de encerrar (a veces, de ejecutar) a sus criminales con la más dura de las manos y la menor de las compasiones. Por eso Nueva York tiene cerca, pero no visible desde Manhattan, la mayor colonia penal del planeta. Allá en el East River hacia el Bronx hay una gran isla llamada Rikers Island que resulta ser un complejo carcelario desmesurado, justo donde acaban las pistas del Aeropuerto LaGuardia pero unido a tierra firme tan sólo por un puente hacia Queens. Es la mayor prisión del estado de Nueva York, y sin embargo los casi 15.000 puestos que alberga no son suficientes, y por eso en la costa del Bronx y justo al lado del inmensamente largo edificio del Mercado de Pescado Fulton está atracado el Vernon C. Bain: una enorme barcaza-prisión de media y alta seguridad, con capacidad para 800 reclusos. Además de los guardias, y debido a la regulación marítima a la que debe obedecer (no está unido permanentemente a la costa), la Vernon C. Bain tiene que tener a bordo en todo momento un oficial de la Marina Mercante, un mecánico y un engrasador, aunque nunca vaya a surcar las aguas sin ayuda de remolcadores. Nueva York, como todas las ciudades, aparta de la vista sus prisiones, pero debido a la escasez y carestía del suelo en este caso enlata a 800 de sus reclusos en el mar, porque no hay tierra suficiente para encarcelarlos a todos.
Únicamente los borrachos y los niños cantan las verdades del barquero, pues no tienen idea de las convenciones sociales o en ese momento no les importan. Para que luego digan que los becarios no sirven para nada: de su boca a veces emerge la Verdad, con mayúsculas. Como demuestra una vez más ‘Escuchado en la Redacción’.
Becario a productor: Entonces ¿alguna vez quisiste hacer periodismo de verdad?
35mm es exactamente lo que dice el título: los gráficos que componen esta pequeña obra maestra representan nada menos que 35 películas de toda la historia del cine en poco más de 120 vertiginosos (y agobiantes) segundos. Sarah Biermann, Torsten Strer, Felix Meyer, y Pascal Monaco han llevado a cabo todo un ejercicio de compresión y de integración para obtener este impresionante resultado. Créame: si consigue reconocer 15 en el primer visionado, considérese todo un experto.
LongForm no es el único sitio que recopila y recupera los mejores grandes reportajes de la historia del periodismo estadounidense. Kevin Kelly ha dedicado un ‘post’ de su blog a mostrar un listado de sus reportajes de revista favoritos que es un verdadero regalo para sibaritas del periodismo, una biblioteca de lo mejor que las mejores revistas en lengua inglesa han sido capaces de hacer con sus mejores reporteros, muchos de ellos escritores de renombre y tronío. Y no sólo los recientes: la colección de Kevin Kelly se extiende al menos hasta mediados del siglo XX, e incluye nombres como David Foster Wallace (siete diferentes reportajes), John Updike, Norman Mailer, Gay Talese, Hunter S. Thompson, Tom Wolfe, Stewart Brand, Neal Stephenson, Jon Krakauer, Malcom Gladwell, Edward W. Said, y muchos, muchos más. Está, por supuesto, el fundacional ‘As We May Think’, de Vannevar Bush, y algunos otros que ya hemos visto aquí. Un pedazo de recopilación para aprovechar las vacaciones. Porque éste es el periodismo que demuestra que merece la pena, y que se puede, salvar el periodismo. Disfrute.
El machismo no sólo daña a las mujeres: también impone costumbres estúpidas, negativas y perniciosas a los varones, sus supuestos beneficiarios. Cinco cosas estúpidas, injustas y sexistas que se esperan de los hombres explora un puñado de esas preconcepciones que el imperante discurso androcéntrico adhiere a la psique masculina, quiera uno o no. Cosas como que se espera que un hombre pelee, físicamente, a la más mínima provocación a él o su entorno. O que se espera que ahorre a las mujeres el trabajo de decir y la angustia de conocer las opciones. O que un hombre siempre, siempre, siempre debe estar dispuesto al sexo si tiene ocasión, y sea quien sea el oponente. Cosas obvias, como que se supone que un hombre no demuestra sus emociones, y sobre todo sus debilidades o sus malos momentos. Afortunadamente la número 5, temor a ser considerado gay, cada vez es menos común en la sociedad según el colectivo homosexual deja de ser considerado como algo aparte… algo vamos avanzando. Pero en lo demás Greta Christina lo clava.
Makmende vuelve (Makmende Amerudi) es un vídeo musical que ha alcanzado el codiciado estátus de viral, y que es interesante no sólo por la música. Para empezar se trata de un trío keniata llamado Just a Band, y la canción (titulada Ha He) forma parte de su segundo álbum, que demuestra la pujanza de la música africana, y no sólo en el apartado de ‘Músicas del Mundo’. El vídeo, dirigido por uno de los componentes del trío llamado Jim Chuchu es una minipelícula curiosa y visualmente interesante. Pero quizá lo que más llama la atención es el estilizado protagonista, una especie de émulo africano de Shaft llamado Makmende: el término para un tipo duro en los suburbios de Nairobi. Que tiene un origen insospechado en la mítica frase de Harry Calahan interpretado por Clint Eastwook en ‘Harry el Sucio’: “Go ahead, Make my day” (venga, alégrame el día, en español). La chavalería keniata llama a sus tipos violentos según el meme de una vieja película estadounidense. ¿No es maravillosa la globalización?
Cualquiera que haya disfrutado ambos sabe que los efectos del amor son similares a los de ciertas drogas recreativas. El desaforado estado de ánimo que no responde a estímulos externos normales; la obsesión compulsiva de satisfacer la dosis diaria; el terrible, oscuro, suprimido temor de que en algún momento del futuro se pueda acabar… y por supuesto los espantosos sufrimientos morales y hasta físicos cuando ya no hay más. El síndrome de abstinencia del amor puede ser tan doloroso como el mono de la cocaína, y no es una metáfora, sino una realidad cerebral. Un estudio de la universidad estadounidense de Stony Brook llega a una muy interesante conclusión: no hay diferencias en los mecanismos cerebrales entre una ruptura amorosa y el síndrome de abstinencia de drogas. Cuando te rompen el corazón pasas el mismo tipo de calvario que cuando te quitas de la cocaína a palo seco. O, en otras palabras: el amor es para el cerebro una adicción, en este caso a una droga interior.
El estudio ha analizado un grupo de personas que habían sufrido recientes rupturas amorosas (¿cómo reclutará uno voluntarios para un estudio así?) y ha analizado las regiones activas de su cerebro. En comparación con las áreas normalmente activadas los recién rechazados mostraban actividad inusual en regiones relacionadas con los mecanismos de la motivación, la recompensa y los espasmos de la adicción. Las mismas regiones que se activan cuando un drogadicto está en pleno síndrome de abstinencia, anhelando su droga.
La verdad es que somos menos inteligentes de lo que pensamos. Y puede demostrarse, analizando uno por uno los mecanismos por los cuales nos autoengañamos hasta el punto de creernos lo que no es verdad: que somos seres altamente racionales que tomamos decisiones cuidadosamente medidas y ponderadas de modo ecuánime. El Efecto Ancla, por el que nos pueden vender cualquier cosa haciéndonos una enorme rebaja sobre un precio original desorbitado; la ilusión de transparencia, que nos hace creer falsamente que el universo entero conoce nuestro estado de ánimo a través de nuestra expresión; el sesgo de confirmación, que nos hace recopilar sistemática e inconscientemente datos que confirman nuestras preconcepciones y pasar por alto los que las contradicen… Los psicólogos conocen numerosos defectos en el modo de funcionamiento de la mente humana nos hacen caer en vicios de la inteligencia, en trampas saduceas de los vendedores, en fracasos de nuestra voluntad. El periodista David McRaney se dedica a demoler, uno por uno, los puntales que sustentan este elevado concepto que tenemos de lo listos que somos en un blog muy adecuadamente llamado You are not so smart; a celebration of self delusion (no eres tan listo: un homenaje al autoengaño). Muy interesante, y anclado siempre en los descubrimientos más sólidos de la psicología, incluyendo la tenebrosa rama aplicada que tan bien dominan muchos vendedores. Para quien quiere ser un poco más inteligente, o al menos ser consciente de por qué no lo es.